-Entonces, ¿por qué no le ayudas?
-Porque no puedo ayudarle.
-Porque tienes miedo de ayudarle.
-No tengo miedo de nada.
-Bill sufrirá. – volvió a repetir, y yo me puso rojo. Estaba sudando como un pollo y seguía sin saber por qué. Tal vez porque me estaba irritando.
-Pues que sufra, lo prefiero.
-¿Prefieres que sufra él a que…?
-Me da igual que sufra.
-No te da igual, Tom.
-Sí que me da igual.
-Has dicho hace un momento que no.
-Pues ahora digo que sí.
-Te contradices, Tom.
-¿¡Y qué!? – grité y la gente se volvió para mirarnos. Nos volvieron a sisear y yo apreté la mandíbula. Entonces, el doctor repitió.
– Bill sufrirá. – y yo grité.
-¿¡Y si sufro yo, qué!? ¡Bill tiene familia y gente que le quiere, yo no! Si Bill me deja, ¿¡Qué pasará conmigo!? – y aunque la bibliotecaria se nos acercó para decirnos amablemente que por favor, abandonáramos la biblioteca, el doctor, entre avergonzado y contento, me sonrió.
···
-¿En qué piensas cuando me gritas? – eso no necesitó ni un segundo para pensárselo.
-En que no me entiendes, y en que quiero que me entiendas.
-¿Qué es lo que no entiendo?
-A mí. A todo yo.
-A tu manera de pensar… ¿de sentir?
-Sí.
-¿Y cuando no me gritas? ¿En qué piensas?
-…En que tengo que gritarte.
-¿Por qué?
-Porque si no te grito, no me haré notar. Y si no me hago notar… - vaciló. – Tú te irás.
-¿Y por qué iba a irme yo? Si quisiera hacerlo, ya lo habría hecho ¿no crees?
Sarae.

No hay comentarios:
Publicar un comentario